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El día en que creí morir

El día en que creí morir temblaban los cristales. Las cortinas estaban echadas y la luz apagada. El día en que creí morir se escuchaba el claxon de decenas de coches. La televisión estaba encendida, y un murmullo de voces llegaba hasta la habitación. El día en que creí morir nos sobrevolaban aviones del ejército, de esos que en las películas lanzan bombas al azar sobre una ciudad en llamas. La ciudad no estaba en llamas, pero, esa noche, estaba en guerra. El día en que creí morir me acurruqué en una cama ajena, en una casa ajena, abrazando a mi novio de aquellas, que seguramente tenía más miedo que yo.  « Estamos lejos de allí, no te preocupes » , me decía.  Y yo me hacía la tonta intentando convencerme de que lo que decía era verdad. En realidad estábamos a apenas unas calles del lugar donde la gente se estaba quitando la vida.  Y el rezo no dejaba de escucharse en cada una de las mezquitas; el rezo de la muerte, el rezo de la desesperación. El día en q...

Cuchillo

Cada adiós que pronunciamos se convirtió en cuchillo y ya no sé cuántas puñaladas recibieron mis costados.

Mentiroso

No me mires a los ojos, no sea que las mentiras, que tan obvias me parecen, se te vean reflejadas a traición en las pupilas.

Llanto

Y, de golpe, por la noche, cuando la habitación se queda a oscuras, me despierto de repente y aparece, así, en mi mente la peor de las preguntas: ¿Qué es lo que he hecho?

Muerte

Te besé por última vez un triste nueve de mayo; tu cuerpo se enfriaba bajo mis manos de papel y yo me prometí quererte siempre, aunque tu corazón ya no latiera contra las yemas de mis dedos, aunque tus ojos ya no vieran más allá de sus pupilas anegadas por la muerte en aquel último adiós.

Deshielo

Abrázame tan fuerte que el calor de mis mejillas se convierta en anestesia y me deshiele el corazón.

Este silencio.

¿Así que este es el silencio que me envuelve cada vez que me desprendo de cualquiera de esa gente que refleja un sentimiento con mil besos en mi frente?

Gran Vía

Nuestros pasos en Gran Vía a las 2 de la mañana se han convertido en melodía y nuestras manos encerradas en un lazo inquebrantable son la razón de la sonrisa dibujada en tu mejilla.

Promesas.

Era de noche en aquella plaza; alrededor, varias palmeras, y, a lo lejos, el sonido del mar inundando con su voz cada rincón. Nos sentamos en aquel banco, cerca de la torre del reloj y lejos, muy lejos, de la Puerta del Sol. El silencio acompañaba el compás de las olas contra el muelle y aquel edificio iluminaba el mar con sus luces intermitentes. A lo lejos, se veían las farolas ilegales de aquel barrio construído de noche, a la luz de una luna que impregnaba toda la ciudad de luz. En aquel lugar decidimos volver a encontrarnos, creamos un plan imperfecto: por siempre juntos junto al mar. Te prometí tantas cosas antes de que llegara el miedo y antes de que la presión en el suelo se volviera contra mí. Pero ya no, ya no más, no más abrazos a la altura del reloj; no más, no más besos allá arriba, junto al ascensor. No más, no más sueños, solo pesadillas mal plegadas en la esquina de un papel; solo miedo, rencor, odio, miedo, miedo, miedo, miedo. ...

Delirio

Siempre quisiste besar mis labios sabor caramelo, sentarte junto a mí en el sofá y susurrarme mentiras al cuello. Siempre quisiste tocar cada ola de mi cabello, pero nunca quisiste escuchar una opinión o un recuerdo. Siempre quisiste danzar contra mi cuerpo excluído, y nunca quisiste atender a aquellos largos suspiros. Siempre quisiste buscar ese placer egoísta, perdido entre los gemidos de tu maldito amor narcisista. Siempre quisiste disfrutar de una atención detallista, pero nunca dejaste de jugar a ser el dueño de mi vida.  Y yo nunca pude mirar más allá de tus mentiras y, ahora, con el cuerpo entumecido, perdido entre los miedos que me atormentan desde aquel día, te declaro culpable de todos los sobresaltos que me llevaron al llanto y confieso que tu mirada es demasiado semejante a la del hombre causante de toda mi insensatez.